viernes, 30 de junio de 2017

UN CURSO DE MILAGROS. Texto página 271



                              IV.  La función del tiempo.


1.  Y ahora, la razón por la que tienes miedo de este curso debiera ser evidente.  Pues éste es un curso acerca del amor, ya que es un curso acerca de ti.  Se te ha dicho que tu función en este mundo es curar, y que tu función en el Cielo es crear.  El ego te enseña que tu función en la tierra es destruir, y que no tienes ninguna función en el Cielo.  Quiere, por lo tanto, destruirte aquí y enterrarte aquí, sin dejarte otra herencia que el polvo del que cree fuiste "creado". Mientras el ego se encuentra razonablemente satisfecho contigo de acuerdo con sus razonamientos, te ofrece el olvido.  Cuando se torna abiertamente despiadado, te ofrece el infierno.

2.  No obstante, ni el olvido ni el infierno te resultan tan inaceptables como el Cielo.  Para ti el Cielo es el infierno y el olvido, y crees que el verdadero Cielo es la mayor amenaza que podrías experimentar.  Pues el infierno y el olvido son ideas que tú mismo inventaste, y estás resuelto a demostrar su realidad para así establecer la tuya.  Si se pone en duda su realidad crees que se pone en duda la tuya, pues crees que el ataque es tu realidad, y que tu destrucción es la prueba final de que tenías razón.

3.  Dadas las circunstancias, ¿no sería más deseable estar equivocado, aparte del hecho de que, en efecto, lo estás?  Aunque tal vez se podría argumentar que la muerte indica que antes hubo vida, nadie sostendría que prueba que la vida existe.  Incluso la vida previa a la que la muerte parece señalar, habría sido inútil si tan sólo hubiese desembocado en la muerte y necesitase de ésta para probar que existió.  Pones en duda el Cielo, pero no pones en duda la muerte.  No obstante, podrías sanar y ser sanado si la pusieses en duda.  Y aunque no sabes lo que es el Cielo, ¿no sería éste más deseable que la muerte?  Has sido tan selectivo con respecto a lo que pones en duda como con respecto a lo que percibes.  Una mente receptiva es mucho más honesta que eso.

4.  El ego tiene una extraña noción del tiempo, y ésa podría muy bien ser la primera de sus nociones que empiezas a poner en duda. Para el ego el pasado es importantísimo, y, en última instancia, cree que es el único aspecto del tiempo que tiene significado.  Recuerda que el hincapié que el ego hace en la culpabilidad le permite asegurar su continuidad al hacer que el futuro sea igual que el pasado, eludiendo de esa manera el presente.  La noción de pagar por el pasado en el futuro hace que el pasado se vuelva el factor determinante del futuro, convirtiéndolos así en un continuo sin la intervención del presente.  Pues el ego considera que el presente es tan sólo una breve transición hacia el futuro, en la que lleva el pasado hasta el futuro al interpretar el presente en función del pasado.

5.  El "ahora" no significa nada para el ego.  El presente tan sólo le recuerda viejas heridas, y reacciona ante él como si fuera el pasado. El ego no puede tolerar que te liberes del pasado, y aunque el pasado ya pasó, el ego trata de proteger su propia imagen reaccionando como si el pasado todavía estuviese aquí.  Dicta tus reacciones hacia aquellos con los que te encuentras en el presente tomando como punto de referencia el pasado, empañando así la realidad actual de aquellos.  De hecho, si sigues los dictados del ego, reaccionarás ante tu hermano como si se tratase de otra persona, y esto sin duda te impedirá conocerlo tal como es.  Y recibirás mensajes de él basados en tu propio pasado porque, al hacer que el pasado cobre realidad en el presente, no te permitirás a ti mismo abandonarlo.  De este modo, te niegas a ti mismo el mensaje de liberación que cada uno de tus hermanos te ofrece ahora.

6.  De las sombrías figuras del pasado es precisamente de las que te tienes que escapar.  No son reales, y no pueden ejercer ningún dominio sobre ti a menos que las lleves contigo.  Pues contienen las áreas de dolor que hay en tu mente, y te incitan a atacar en el presente como represalia por un pasado que no existe.  Y esta decisión es una que te acarreará dolor en el futuro.  A menos que aprendas que todo el dolor que sufriste en el pasado es una ilusión, estarás optando por un futuro de ilusiones y echando a perder las múltiples oportunidades que el presente te ofrece para liberarte.   El ego quiere conservar tus pesadillas e impedir que despiertes y te des cuenta de que pertenecen al pasado.  ¿Cómo podrías reconocer un encuentro santo si lo percibes simplemente como un encuentro con tu pasado?  Pues en ese caso no te estarías reuniendo con nadie, y el compartir la salvación, que es lo que hace que el encuentro sea santo, quedaría excluido de tu visión.  El Espíritu Santo te enseña que siempre te encuentras contigo mismo, y el encuentro es santo porque tú lo eres.  El ego te enseña que siempre te encuentras con tu pasado, y que debido a que tus sueños no fueron santos, el futuro tampoco puede serlo, y el presente no tienes ningún significado.

7.  Es evidente que la percepción que el Espíritu Santo tiene del tiempo es exactamente la opuesta a la del ego.  La razón de ello es igualmente clara, pues la percepción que ambos tienen del propósito del tiempo es diametralmente opuesta.  Para el Espíritu Santo el propósito del tiempo es que éste finalmente se haga innecesario.  El Espíritu Santo considera que la función del tiempo es temporal, al estar únicamente al servicio de Su función docente, que, por definición, es temporal.  Hace hincapié, por lo tanto, en el único aspecto del tiempo que se puede extender hasta el infinito, ya que el ahora es lo que más se aproxima a la eternidad en este mundo.  En la realidad del "ahora", sin pasado ni futuro, es donde se puede empezar a apreciar lo que es la eternidad.  Pues sólo el "ahora" está aquí, y sólo el "ahora" ofrece las oportunidades de los encuentros santos en los que se puede encontrar la salvación.

8.  El ego, por otra parte, considera que la función del tiempo es extenderse a sí mismo en lugar de extender la eternidad, pues, al igual que el Espíritu Santo, el ego considera que el objetivo del tiempo es el mismo que el suyo.  El único propósito que el ego percibe en el tiempo, es que, bajo su dirección, haya continuidad entre pasado y futuro, y que el presente quede excluido a fin de que no se pueda abrir ninguna brecha en su propia continuidad.  Su continuidad, por consiguiente, te mantiene en el tiempo, mientras que el Espíritu Santo quiere liberarte de él.  La interpretación que el Espíritu Santo hace de los medios para alcanzar la salvación es la que tienes que aprender a aceptar, si quieres compartir Su objetivo, que no es otro que tu salvación.

9.  Tú también interpretarás la función del tiempo según interpretes tu propia función.  Si aceptas que tu función en el mundo del tiempo es curar, harás hincapié únicamente en el aspecto del tiempo en el que la curación puede tener lugar.  La curación no se puede llevar a cabo en el pasado.  Tiene que llevarse a cabo en el presente para así liberar el futuro.  Esta interpretación enlaza el futuro con el presente, y extiende el presente en vez del pasado. Mas si crees que tu función es destruir, perderás de vista al presente y te aferrarás al pasado a fin de asegurar un futuro destructivo.  Y el tiempo será tal como tú lo interpretes, pues, de por sí, no es nada.

UN CURSO DE MILAGROS. Texto página 267



                          III.  El miedo a la redención.


1.  Tal vez te preguntes por qué es tan crucial que observes tu odio y te des cuenta de su magnitud.  Puede que también pienses que al Espíritu Santo le sería muy fácil mostrártelo y desvanecerlo sin que tú tuvieses necesidad de traerlo a la conciencia.  Hay, no obstante, un obstáculo adicional que has interpuesto entre la Expiación y tú. Hemos dicho que nadie toleraría el miedo si lo reconociese.  Pero en tu trastornado estado mental no le tienes miedo al miedo.  No te gusta, pero tu deseo de atacar no es lo que realmente te asusta.  Tu hostilidad no te perturba seriamente.  La mantienes oculta porque tienes aún más miedo de lo que encubre.  Podrías examinar incluso la piedra angular más tenebrosa del ego sin miedo si no creyeses que, sin el ego, encontrarías dentro de ti algo de lo que todavía tienes más miedo.  No es de la crucifixión de lo que realmente tienes miedo.  Lo que verdaderamente te aterra es la redención.

2.  Bajo los tenebrosos cimientos del ego yace el recuerdo de Dios, y de eso es de lo que realmente tienes miedo.  Pues este recuerdo te restituiría instantáneamente al lugar donde te corresponde estar, del cual te has querido marchar.  El miedo al ataque no es nada en comparación con el miedo que le tienes al amor.  Estarías dispuesto incluso a examinar tu salvaje deseo de dar muerte al Hijo de Dios, si pensases que eso te podría salvar del amor.  Pues este deseo causó la separación, y lo has protegido porque no quieres que ésta cese.  Te das cuenta de que, al despejar la tenebrosa nube que lo oculta, el amor por tu Padre te impulsaría a contestar Su llamada y a llegar al Cielo de un salto.  Crees que el ataque es la salvación porque el ataque impide que eso ocurra.  Pues subyacente a los cimientos del ego, y mucho más fuerte de lo que éste jamás pueda ser, se encuentra tu intenso y ardiente amor por Dios, y el Suyo por ti.  Esto es lo que realmente quieres ocultar. 

3.  Honestamente, ¿no te es más difícil decir "te quiero" que "te odio"?  Asocias el amor con la debilidad y el odio con la fuerza, y te parece que tu verdadero poder es realmente tu debilidad.  Pues no podrías dejar de responder jubilosamente a la llamada del amor si la oyeses, y el mundo que creíste haber construido desaparecería.  El Espíritu Santo, pues, parece estar atacando tu fuerza, ya que tú prefieres excluir a Dios.  Mas Su Voluntad no es ser excluido.

4.  Has construido todo tu demente sistema de pensamiento porque crees que estarías desamparado en Presencia de Dios, y quieres salvarte de Su Amor porque crees que éste te aniquilaría.  Tienes miedo de que pueda alejarte completamente de ti mismo y empequeñecerte porque crees que la magnificencia radica en el desafío y la grandeza en el ataque.  Crees haber construido un mundo que Dios quiere destruir, y que amando a Dios--y ciertamente lo amas--desecharías ese mundo, lo cual es, sin duda, lo que harías.  Te has valido del mundo, por lo tanto, para encubrir tu amor, y cuanto más profundamente te adentras en los tenebrosos cimientos del ego, más te acercas al Amor que yace allí oculto.  Y eso es lo que realmente te asusta.

5.  Puedes aceptar la demencia porque es obra tuya, pero no puedes aceptar el amor porque no fuiste tú quien lo creó.  Prefieres ser un esclavo de la crucifixión que un Hijo de Dios redimido.  Tu muerte individual parece más valiosa que tu unicidad viviente, pues lo que se te ha dado no te parece tan valioso como lo que tú has fabricado. Tienes más miedo de Dios que el ego, y el amor no puede entrar donde no se le da la bienvenida.  Pero el odio sí que puede, pues entra por su propia voluntad sin que le importe la tuya.

6.  Tienes que mirar de frente a tus ilusiones y no seguir ocultándolas, pues no descansan sobre sus propios cimientos. Aparenta ser así cuando están ocultas, y, por lo tanto, parecen ser autónomas.  Ésta es la ilusión de ellas, y soterrada mientras las ilusiones se sigan ocultando, se encuentra la mente amorosa que creyó haberlas engendrado con ira.  Y el dolor de esta mente es tan obvio cuando se pone al descubierto, que la necesidad que tiene de ser sanada es innegable.  Todos los trucos y estratagemas que le ofreces no pueden sanarla, pues en eso radica la verdadera crucifixión del Hijo de Dios.

7.  Sin embargo, no se le puede realmente crucificar.  En este hecho radica tanto su dolor como su curación, pues la visión del Espíritu Santo es misericordiosa y Su remedio no se hace esperar.  No ocultes el sufrimiento de Su vista, sino llévalo gustosamente ante Él.  Deposita ante Su eterna cordura todo tu dolor, y deja que Él te cure.  No permitas que ningún vestigio de dolor permanezca oculto de Su Luz, y escudriña tu mente con gran minuciosidad en busca de cualquier pensamiento que tengas miedo de revelar.  Pues Él sanará cada pensamiento insignificante que hayas conservado con el propósito de herirte a ti mismo, lo expurgará de su pequeñez y lo restituirá a la grandeza de Dios.

8.  Bajo la grandiosidad que en tanta estima tienes se encuentra la petición de ayuda que verdaderamente estás haciendo .  Le pides amor a tu Padre, tal como Él te pide que regreses a Él.  Lo único que deseas hacer en ese lugar que has encubierto es unirte al Padre, en amoroso recuerdo de Él.  Encontrarás ese lugar donde mora la verdad a medida que lo veas en tus hermanos, que si bien pueden engañarse a sí mismos, anhelan, al igual que tú, la grandeza que se encuentra en ellos.  Y al percibirla le darás la bienvenida y dispondrás de ella, pues la grandeza es el derecho del Hijo de Dios y no hay ilusión que pueda satisfacerle o impedirle ser lo que él es. Lo único que es real es su amor, y lo único que puede satisfacerle es su realidad.

9.  Sálvale de sus ilusiones para que puedas aceptar la magnificencia de tu Padre jubilosamente y en paz.  Mas no excluyas a nadie de tu amor, o, de lo contrario, estarás ocultando un tenebroso lugar de tu mente donde se le niega la bienvenida al Espíritu Santo.  Y de este modo te excluirás a ti mismo de Su poder sanador, pues al no ofrecer amor total no podrás sanar completamente.  La curación tiene que ser tan completa como el miedo, pues el amor no puede entrar allí donde hay un solo ápice de dolor que malogre su bienvenida.

10.  Tú que prefieres la separación a la cordura no puedes hacer que ésta tenga lugar en tu mente recta.  Estabas en paz hasta que pediste un favor especial.  Dios no te lo concedió, pues lo que pedías era algo ajeno a Él, y tú no podías pedirle eso a un Padre que realmente amase a Su Hijo.  Por lo tanto, hiciste de Él un padre no amoroso al exigir de Él lo que sólo un padre no amoroso podía dar.  Y la paz del Hijo de Dios quedó destruida, pues ya no podía entender a su Padre.  Tuvo miedo de lo que había hecho, pero tuvo todavía más miedo de su verdadero Padre, al haber atacado su gloriosa igualdad con Él.

11.  Cuando estaba en paz no necesitaba nada ni pedía nada. Cuando se declaró en guerra lo exigió todo y no encontró nada.  ¿De qué otra manera podía haber respondido la dulzura del amor a sus exigencias, sino partiendo en paz y retornando al Padre?  Si el Hijo no deseaba permanecer en paz, no podía permanecer aquí en absoluto.  Una mente tenebrosa no puede vivir en la luz, y tiene que buscar un lugar tenebroso donde poder creer que allí es donde se encuentra aunque realmente no sea así.  Dios no permitió que esto ocurriese.  Tú, no obstante, exigiste que ocurriese, y, por consiguiente, creíste que ocurrió.

12.  "Singularizar" es "aislar" y, por lo tanto, causar soledad.  Dios no te hizo eso.  ¿Cómo iba a poder excluirte de Sí Mismo, sabiendo que tu paz reside en Su Unicidad?  Lo único que te negó fue tu petición de dolor, pues el sufrimiento no forma parte de Su creación.  Habiéndote otorgado la capacidad de crear, no podía quitártela.  Lo único que pudo hacer fue contestar a tu petición demente con una respuesta cuerda que residiese contigo en tu demencia.  Él ciertamente hizo eso.  No es posible oír Su respuesta sin renunciar a la demencia.  Su respuesta es el punto de referencia que se encuentra más allá de las ilusiones, desde el cual puedes contemplarlas y ver que son dementes.  Basta con que busques ese lugar y lo encontrarás, pues el Amor reside en ti y te conducirá hasta él.

UN CURSO DE MILAGROS. Texto 265



                            II.  El inocente Hijo de Dios.


1.  El propósito fundamental de la proyección es siempre deshacerse de la culpabilidad.  Pero el ego, como de costumbre, trata de deshacerse de la culpabilidad exclusivamente desde su punto de vista, pues por mucho que él quiera conservar la culpabilidad, a ti te resulta intolerable, toda vez que la culpabilidad te impide recordar a Dios, Cuya atracción es tan fuerte que te es irresistible.  En este punto, pues, se produce la más profunda de las divisiones, pues si has de conservar la culpabilidad, tal como insiste el ego, tú no puedes ser tú mismo.  Sólo persuadiéndote de que tú eres él podría el ego inducirte a proyectar la culpabilidad y de ese modo conservarla en tu mente.

2.  Observa, sin embargo, cuán extraña es la solución que el ego ha urdido.  Proyectas la culpabilidad para deshacerte de ella, pero en realidad estás simplemente ocultándola.  Experimentas culpabilidad, pero no sabes por qué.  Al contrario, la asocias con un extraño surtido de "ideales del ego", en los que, según él, le has fallado.  Sin embargo, no te das cuenta de que a quien le estás fallando es al Hijo de Dios al considerarlo culpable.  Al creer que tú ya no eres tú, no te das cuenta de que te estás fallando a ti mismo.

3.  La más tenebrosa de las piedras angulares que ocultas, mantiene tu creencia en la culpabilidad fuera de tu conciencia, pues en este lugar tenebroso y secreto yace el reconocimiento de que has traicionado al Hijo de Dios al haberlo condenado a muerte.  Tú ni siquiera sospechas que esta idea asesina, aunque demente, yace ahí oculta, pues las ansias destructivas del ego son tan intensas que sólo la crucifixión del Hijo de Dios puede, en última instancia, satisfacerle.  No sabe quién es el Hijo de Dios porque es ciego.   Mas permíteme percibir inocencia en cualquier parte, y tratará de destruirla debido a su miedo.

4.  Gran parte del extraño comportamiento del ego se puede atribuir directamente a su definición de la culpabilidad.  Para el ego, los inocentes son culpables.  Los que no atacan son sus "enemigos" porque, al no aceptar su interpretación de la salvación, se encuentran en una posición excelente para poder abandonarla.  Se han aproximado a la piedra angular más recóndita y tenebrosa de los cimientos del ego, y si bien el ego puede tolerar que pongas en duda todo lo demás, este secreto lo guarda con su vida, pues su existencia depende de que él siga guardando dicho secreto.  Por lo tanto, es este secreto lo que tenemos que examinar, pues el ego no puede protegerte de la verdad, y en presencia de ésta él se desvanece.

5.  En la serena luz de la verdad, reconozcamos que crees haber crucificado al Hijo de Dios.  No has admitido este "terrible" secreto porque todavía desearías crucificarlo si pudieses encontrarlo.  No obstante, este deseo ha hecho que el Hijo de Dios se mantenga oculto de ti, ya que es un deseo aterrante, y, por lo tanto, temes encontrarlo.  La manera en que has lidiado con este deseo de matarte es desconociendo tu identidad e identificándote con lo que no eres.  Has proyectado la culpabilidad ciega e indiscriminadamente, pero no has podido descubrir su fuente.  Pues el ego quiere destruirte, y si te identificas con él no podrás sino creer que su objetivo es también el tuyo.

6.  He dicho que la crucifixión es el símbolo del ego.  Cuando el ego se enfrentó con la verdadera inocencia del Hijo de Dios intentó darle muerte, y la razón que adujo fue que la inocencia es una blasfemia contra Dios.  Para el ego, el ego es Dios, y la inocencia tiene que ser interpretada como la máxima expresión de culpabilidad que justifica plenamente el asesinato.  Todavía no entiendes que cualquier miedo que puedas experimentar en conexión con este curso procede, en última instancia, de esa interpretación, pero si examinases las reacciones que éste suscita en ti, te convencerías cada vez más de que eso es cierto.

7.  Este curso ha afirmado explícitamente que su objetivo es tu felicidad y tu paz.  A pesar de ello, le tienes miedo.  Se te ha dicho una y otra vez que te liberará, no obstante, reaccionas en muchas ocasiones como si estuviese tratando de aprisionarte.  A menudo lo descartas con mayor diligencia de la que empleas para descartar los postulados del ego.  En cierta medida, pues, debes creer que si no aprendes el curso te estás protegiendo a ti mismo.  Y no te das cuenta de que lo único que puede protegerte es tu inocencia.

8.  La Expiación se ha interpretado siempre como lo que libera de la culpabilidad, y esto es cierto si se entiende debidamente.  No obstante, incluso si yo te interpreto lo que es, puede que la rechaces y no la aceptes para ti mismo.  Tal vez hayas reconocido la futilidad del ego y de sus ofrecimientos, pero aunque no los deseas, puede que todavía no contemples la alternativa con agrado.  En última instancia, tienes miedo de la redención y crees que te aniquilaría. No te engañes con respecto a la intensidad de ese miedo, pues crees que, en presencia de la verdad, puedes volverte contra ti mismo y destruirte.

9.  Criatura de Dios, eso no es así.  Ese "secreto por el que te sientes culpable" no es nada, y si lo sacas a la luz, la Luz lo desvanecerá.  No quedará entonces ninguna nube tenebrosa que pueda interponerse entre ti y el recuerdo de tu Padre, pues recordarás a Su inocente Hijo, que no murió porque es inmortal.  Y te darás cuenta de que fuiste redimido junto con él y de que nunca has estado separado de él.  El que puedas recordar depende de que comprendas esto, pues ello implica que has reconocido el amor sin miedo.  Con ocasión de tu vuelta a casa se producirá un gran júbilo en el Cielo y el júbilo será tuyo.  Pues el hijo redimido del hombre es el Hijo inocente de Dios, y reconocerlo es tu redención.

UN CURSO DE MILAGROS. Texto 261



                                        Capítulo 13

                              EL MUNDO INOCENTE


                                      Introducción

1.  Si no te sintieses culpable no podrías atacar, pues la condenación es la raíz del ataque.  La condenación es el juicio que una mente hace contra otra de que es indigna de amor y merecedora de castigo.  Y en esto radica la división, pues la mente que juzga se percibe a sí misma como separada de la mente a la que juzga, creyendo que al castigar a otra mente, puede ella librarse del castigo.  Todo esto no es más que un intento ilusorio de la mente de negarse a sí misma y de eludir la sanación que dicha negación conlleva.  No es un intento de renunciar a la negación, sino de aferrarse a ella.  Pues la culpabilidad es lo que ha hecho que el Padre esté velado para ti y lo que te ha llevado a la demencia.

2.  La aceptación de la culpabilidad en la mente del Hijo de Dios fue el comienzo de la separación, de la misma manera en que la aceptación de la Expiación es su final.  El mundo que ves es el sistema ilusorio de aquellos a quienes la culpabilidad ha enloquecido.  Contempla detenidamente este mundo y te darás cuenta de que así es.  Pues este mundo es el símbolo del castigo, y todas las leyes que parecen regirlo son las leyes de la muerte.  Los niños vienen al mundo con dolor y a través del dolor.  Su crecimiento va acompañado de sufrimiento y muy pronto aprenden lo que son las penas, la separación y la muerte.  Sus mentes parecen estar atrapadas en sus cerebros, y sus fuerzas parecen decaer cuando sus cuerpos se lastiman.  Parecen amar, sin embargo, abandonan y son abandonados.  Parecen perder aquello que aman, la cual es quizá la más descabellada de todas las creencias.  Y sus cuerpos se marchitan, exhalan el último suspiro, se les da sepultura y dejan de existir.  Ni uno solo de ellos ha podido dejar de creer que Dios es cruel.

3.  Si éste fuese el mundo real, Dios sería ciertamente cruel.  Pues ningún Padre podría someter a Sus hijos a eso como pago por la salvación y al mismo tiempo ser amoroso.  El amor no mata para salvar.  Si lo hiciese, el ataque sería la salvación, y ésta es la interpretación del ego, no la de Dios.  Sólo el mundo de la culpabilidad podría exigir eso, pues sólo los que se sienten culpables podrían concebirlo.  El "pecado" de Adán no habría podido afectar a nadie, si él no hubiese creído que fue el Padre Quien le expulsó del paraíso.  Pues a raíz de esa creencia se perdió el conocimiento del Padre, ya que sólo los que no le comprenden podían haber creído tal cosa.

4.  Este mundo es la imagen de la crucifixión del Hijo de Dios.  Y hasta que no te des cuenta de que el Hijo de Dios no puede ser crucificado, éste será el mundo que verás.  No podrás comprender esto, no obstante, hasta que no aceptes el hecho eterno de que el Hijo de Dios no es culpable.  Él sólo merece amor porque sólo ha dado amor.  No se le puede condenar porque él nunca ha condenado.  La Expiación es la última lección que necesita aprender, pues le enseña que, puesto que nunca pecó, no tiene necesidad de salvación.


                               I.  Inocencia e invulnerabilidad.

1.  Dije anteriormente que el Espíritu Santo comparte el objetivo de todos los buenos maestros, cuya meta final es hacerse innecesarios al enseñarles a sus alumnos todo lo que ellos saben. Eso es lo único que el Espíritu Santo desea, pues dado que comparte el Amor del Padre por Su Hijo, intenta eliminar de la mente de éste toda traza de culpabilidad para que así pueda recordar a su Padre en paz. La paz y la culpabilidad son conceptos antitéticos, y al Padre sólo se le puede recordar estando en paz.  El amor y la culpabilidad no pueden coexistir, y aceptar uno supone negar el otro.  La culpabilidad te impide ver a Cristo, pues es la negación de la irreprochabilidad del Hijo de Dios. 

2.  En el extraño mundo que has fabricado el Hijo de Dios ha pecado.  ¿Cómo, entonces, ibas a poder verlo?  Al hacerlo invisible, surgió el mundo del castigo procedente de la tenebrosa nube de culpabilidad que aceptaste, y que en tanta estima tienes.  Pues la irreprochabilidad de Cristo es la prueba de que el ego jamás existió, ni jamás podrá existir.  Sin culpabilidad, el ego no tiene vida, y el Hijo de Dios está libre de toda culpa.

3.  Al examinarte a ti mismo y juzgar honestamente tus acciones puede que sientas la tentación de preguntarte cómo es posible que puedas estar libre de culpa.  Mas ten en cuenta lo siguiente no es en el tiempo donde no eres culpable, sino en la eternidad.  Has "pecado" en el pasado, pero el pasado no existe. Lo que es siempre no tiene dirección.  El tiempo parece ir en una dirección, pero cuando llegues a su final, se enrollará hacia el pasado como una gran alfombra extendida detrás de ti, y desaparecerá.  Mientras sigas creyendo que el Hijo de Dios es culpable seguirás caminando a lo largo de esa alfombra, creyendo que conduce a la muerte.  Y la jornada parecerá larga, cruel y absurda, pues en efecto, lo es.

4.  El viaje en que el Hijo de Dios se ha embarcado es en verdad inútil, pero el viaje en el que su Padre le embarca es un viaje de liberación y dicha.  El Padre no es cruel, y Su Hijo no puede herirse a sí mismo.  La venganza que teme y que ve, nunca recaerá sobre él, pues aunque cree en ella, el Espíritu Santo sabe que no es verdad.  El Espíritu Santo se encuentra al final del tiempo, que es donde tú debes estar, puesto que Él está contigo.  Él ya ha des-hecho todo lo que es indigno del Hijo de Dios, pues ésa fue la misión que Dios le dio.  Y lo que Dios da, siempre ha sido.

5.  Me verás a medida que aprendas que el Hijo de Dios es inocente.  Él siempre anduvo en busca de su inocencia, y la ha encontrado.  Pues cada cual está tratando de escapar de la prisión que ha construido, y no se le niega la manera de encontrar la liberación.  Puesto que reside en él, la ha encontrado.  Cuándo ha de encontrarla es sólo cuestión de tiempo, y el tiempo no es sino una ilusión.  Pues el Hijo de Dios es inocente ahora, y el fulgor de su pureza resplandece incólume para siempre en la Mente de Dios.   El Hijo de Dios será siempre tal como fue creado.  Niega tu mundo y no juzgues al Hijo de Dios, pues su eterna inocencia se encuentra en la Mente de su Padre y lo protege para siempre.

6.  Cuando hayas aceptado la Expiación, te darás cuenta de que no hay culpabilidad alguna en el Hijo de Dios.  Y sólo cuando veas su inocencia podrás entender su unicidad.  Pues la idea de la culpabilidad da lugar a la creencia de que algunas personas pueden condenar a otras, como resultado de lo cual, se proyecta separación en vez de unidad.  Sólo te puedes condenar a ti mismo, y hacer eso te impide reconocer que eres el Hijo de Dios.  Has negado la condición de su existencia, que es su perfecta irreprochabilidad.  El Hijo de Dios fue creado del amor, y mora en el amor.  La bondad y la misericordia le han acompañado siempre, pues él jamás ha dejado de extender el Amor de su Padre.

7.  A medida que percibas a los santos compañeros que viajan a tu lado, te darás cuenta de que no hay tal viaje, sino tan sólo un despertar.  El Hijo de Dios, que nunca ha estado dormido, no ha dejado de tener fe en ti, al igual que tu Padre.  No hay ningún camino que recorrer ni tiempo en el que hacerlo.  Pues Dios no espera a Su Hijo en el tiempo, ya que jamás ha estado dispuesto a estar sin él.  Y, por lo tanto, así ha sido siempre.  Permite que el fulgor de la santidad del Hijo de Dios disipe la nube de culpabilidad que nubla tu mente, y al aceptar como tuya su pureza, aprende de él que es tuya.

8.  Eres invulnerable porque estás libre de toda culpa.  Sólo mediante la culpabilidad puedes aferrarte al pasado.  Pues la culpabilidad determina que serás castigado por lo que has hecho, y, por lo tanto, depende del tiempo unidimensional, que comienza en el pasado y se extiende hasta el futuro.  Nadie que crea esto puede entender lo que significa "siempre", y de este modo la culpabilidad le impide apreciar la eternidad.  Eres inmortal porque eres eterno, y "siempre" no puede sino ser ahora.  La culpabilidad, pues, es una forma de conservar el pasado y el futuro en tu mente para asegurar de este modo la continuidad del ego.  Pues si se castiga el pasado, la continuidad del ego queda garantizada.  La garantía de tu continuidad, no obstante, emana de Dios, no del ego. Y la inmortalidad es lo opuesto al tiempo, pues el tiempo pasa, mientras que la inmortalidad es constante.

9.  Aceptar la Expiación te enseña lo que es la inmortalidad, pues al aceptar que estás libre de culpa te das cuenta de que el pasado nunca existió, y, por lo tanto, de que el futuro es innecesario y de que nunca tendrá lugar.  En el tiempo, el futuro siempre se asocia con expiar, y sólo la culpabilidad podría producir la sensación de que expiar es necesario.  Aceptar como tuya la inocencia del Hijo de Dios es, por lo tanto, la forma en que Dios te recuerda a Su Hijo, y lo que éste es en verdad.  Pues Dios nunca ha condenado a Su Hijo, que al ser inocente es también eterno.

10.  No puedes desvanecer la culpabilidad otorgándole primero realidad, y luego expiando por ella.  Ése es el plan que el ego propone en lugar de simplemente desvanecerla.  El ego cree en la expiación por medio del ataque, al estar completamente comprometido con la noción demente de que el ataque es la salvación.  Y tú, que en tanta estima tienes a la culpabilidad, debes también creer eso, pues, ¿de qué otra manera, salvo identificándote con el ego, podrías tener en tanta estima lo que no deseas?

11.  El ego te enseña a que te ataques a ti mismo porque eres culpable, lo cual no puede sino aumentar tu culpabilidad, pues la culpabilidad es el resultado del ataque.  De acuerdo con las enseñanzas del ego, por lo tanto, es imposible escaparse de la culpabilidad. Pues el ataque le confiere realidad, y si la culpabilidad es real, no hay manera de superarla.  El Espíritu Santo sencillamente la desvanece mediante el sereno reconocimiento de que nunca ha existido.  Al contemplar la inocencia del Hijo de Dios, sabe que eso es la verdad.  Y al ser la verdad con respecto a ti, no puedes atacarte a ti mismo, pues sin culpabilidad el ataque es imposible.  Tú estás, por lo tanto, a salvo, ya que el Hijo de Dios es inocente.  Y al ser completamente puro, eres invulnerable.

UN CURSO DE MILAGROS. Texto página 258



                VIII.  La atracción del amor por el amor.


1.  ¿Crees realmente que puedes matar al Hijo de Dios?  El Padre ha ocultado a Su Hijo dentro de Sí Mismo, manteniéndolo a salvo y alejado de tus pensamientos destructivos, por causa de los cuales no conoces ni al Padre ni al Hijo.  Atacas el mundo real cada día, cada hora, y cada minuto, y, sin embargo, te sorprende que no lo puedas ver.  Si buscas amor a fin de atacarlo, nunca lo hallarás, pues si el amor es compartir, ¿cómo ibas a poder encontrarlo excepto a través de sí mismo?  Ofrece amor, y el amor vendrá a ti porque se siente atraído por sí mismo.  Mas ofrece ataque, y el amor permanecerá oculto, pues sólo puede vivir en paz.

2.  El Hijo de Dios se encuentra tan a salvo como su Padre, pues el Hijo sabe que su Padre lo protege y, por lo tanto, no puede temer.   El Amor de su Padre lo mantiene en perfecta paz y, al no necesitar nada, no pide nada.  Aun así, él se encuentra muy lejos de ti cuyo Ser él es, pues elegiste atacarlo y él desapareció de tu vista y buscó refugio en su Padre.  Él no cambió, pero tú sí.  Pues el Padre no creó una mente dividida ni tampoco las obras de ésta, y ni aquella ni éstas podrían vivir si tuviesen conocimiento de Él.

3.  Cuando hiciste que lo que no es verdad fuese visible, lo que es verdad se volvió invisible para ti.  No obstante, de por sí no puede ser invisible, pues el Espíritu Santo lo ve con perfecta claridad.  Es invisible para ti porque estás mirando a otra cosa. Mas no es a ti a quien le corresponde decidir lo que es visible y lo que es invisible, tal como tampoco te corresponde decidir lo que es la realidad.   Lo que se puede ver es lo que el Espíritu Santo ve.  Él la creó, y, por lo tanto, sabe lo que es.  Tú, que sabías lo que era, lo olvidaste, y si Él no te hubiese proporcionado la manera de recordar, te habrías condenado a ti mismo al olvido total.

4.  Por razón del Amor que tu Padre te profesa, nunca podrás olvidarte de Él, pues nadie puede olvidar lo que Dios Mismo puso en su memoria.  Puedes negarlo, pero no puedes perderlo.  Una Voz responderá a cada pregunta que hagas, y una visión corregirá la percepción de todo lo que veas.  Pues lo que hiciste invisible es lo único que es verdad, y lo que no has oído es la única Respuesta.   Dios quiere que te reconcilies contigo mismo, y no te abandonó en tu desolación.  Estás esperándolo a Él, mas no lo sabes.  Su recuerdo, sin embargo, brilla en tu mente y no puede ser borrado.   No es ni del pasado ni del futuro, al ser eterno para siempre.

5.  No tienes sino que pedir este recuerdo, y te vendrá a la memoria. Mas el recuerdo de Dios no puede aflorar en una mente que lo ha borrado y que quiere que continúe así.  Pues dicho recuerdo sólo puede alborear en una mente que haya elegido recordar y que haya renunciado al demente deseo de querer controlar la realidad.  Tú, que ni siquiera puedes controlarte a ti mismo, no deberías aspirar a controlar el universo.  Contempla mas bien lo que has hecho de él y regocíjate de que no sea verdad.  

6.  ¡Hijo de Dios, no te conformes con lo que no es nada!  Lo que no es real no es visible ni tiene valor.  Dios no pudo haberle ofrecido a Su Hijo lo que no tiene valor, ni Su Hijo habría podido recibirlo.  Fuiste redimido en el mismo instante en que pensaste que habías abandonado a tu Padre.  Nada de lo que has forjado ha existido jamás, y es invisible porque el Espíritu Santo no lo ve. Pero lo que Él ve es tuyo para que lo contemples, y a través de Su visión tu percepción sanará.  Has hecho invisible la única verdad que este mundo encierra.  Al valorar lo que no es nada, has buscado lo que no es nada.  Al conferirle realidad a lo que no es nada, lo has visto.  Pero no está ahí.  Y Cristo es invisible a causa de lo que has hecho que sea visible para ti.

7.  No importa cuánta distancia hayas tratado de interponer entre tu conciencia y la verdad, al Hijo de Dios se le puede ver porque su visión es algo que se comparte.  El Espíritu Santo contempla al Hijo de Dios en ti y no ve nada más.  Lo que es invisible para ti, es perfecto en Su visión y lo abarca todo.  Él se ha acordado de ti porque no se ha olvidado del Padre.  Tú contemplaste lo que no era real y hallaste deseperación.  Mas ¿qué otra cosa podías haber encontrado al ir en pos de lo irreal?  El mundo irreal es desesperante, pues nunca podrá ser real.  Y tú que compartes el Ser de Dios con Él, nunca podrás sentirte satisfecho sin la realidad.  Lo que Dios no te dio no tiene poder sobre ti, y la atracción del amor por el amor sigue siendo irresistible.  La función del amor es unir todas las cosas en sí mismo, y mantenerlas unidas extendiendo su plenitud.

8.  Dios te dio el mundo real en amoroso intercambio por el mundo que tú construiste y que ves.  Recíbelo simplemente de la mano de Cristo y contémplalo.  Su realidad hará que todo lo demás sea invisible, pues contemplarlo es una percepción total.  Y al contemplarlo recordarás que siempre fue así.  Lo que no es nada se hará invisible, pues por fin habrás visto verdaderamente.  Una percepción redimida se convierte fácilmente en conocimiento, pues sólo la percepción puede equivocarse y la percepción nunca existió. Al ser corregida da paso al conocimiento, que es la única realidad eternamente.  La Expiación no es sino el camino de regreso a lo que nunca se había perdido.  El Padre nunca pudo haber dejado de amar a Su Hijo.

UN CURSO DE MILAGROS. Texto página 254



                                      VII.  Introspección.


1.  Los milagros demuestran que el aprendizaje ha tenido lugar bajo la debida dirección, pues el aprendizaje es invisible y lo que se ha aprendido sólo se puede reconocer por sus resultados.  Su generalización se demuestra a medida que lo pones en práctica en más y más situaciones.  Reconocerás que has aprendido que no hay grados de dificultad en los milagros cuando lo apliques a todas las situaciones.  No hay situación a la que los milagros no sean aplicables, y al aplicarlos a todas las situaciones el mundo real será tuyo.  En esta santa percepción te volverás íntegro, y por tu propia aceptación de la Expiación, ésta irradiará hacia todos aquellos que el Espíritu Santo te envíe para que les des tu bendición.  La bendición de Dios mora en todos Sus Hijos, y en tu bendición de ellos radica la bendición que Dios te da a ti.

2.  Cada uno debe desempeñar el papel que le corresponde en la redención del mundo, para poder reconocer que el mundo ha sido redimido.  No puedes ver lo invisible.  Mas si ves sus efectos sabes que tiene que estar ahí.  Al percibir sus obras, reconoces su existencia.  Y por lo que hace, te das cuenta de lo que es.  Tú no puedes ver tus propios puntos fuertes, pero puedes tener cada vez mayor confianza en su existencia a medida que te capacitan para actuar.  Y los resultados de tu acciones tú los puedes ver. 

3.  El Espíritu Santo es invisible, pero puedes ver los resultados de Su Presencia, y por ellos te darás cuenta de que Él está ahí.  Es claro que lo que Él te capacita para hacer no es de este mundo, pues los milagros violan todas las leyes de la realidad tal como este mundo la juzga.  Las leyes del tiempo y del espacio, del volumen y de la masa son transcendidas, pues lo que el Espíritu Santo te capacita para hacer está claramente más allá de todas ellas.  Al percibir Sus resultados, comprenderás dónde debe estar Él, y sabrás por fin lo que Él es.

4.  No puedes ver al Espíritu Santo, pero puedes ver Sus manifestaciones.  Y a menos que las veas no te darás cuenta de que Él está ahí.  Los milagros son Sus testigos, y hablan de Su Presencia.  Lo que tú no puedes ver, únicamente cobra realidad para ti a través de los testigos que hablan en su favor.  Puedes cobrar conciencia de lo que no ves, y Ello puede volverse increíblemente real para ti a medida que Su Presencia se ponga de manifiesto a través de ti.  Lleva a cabo la labor del Espíritu Santo, pues compartes Su función.  De la misma manera en que tu función en el Cielo es crear, aquí en la tierra es curar.  Dios comparte tu función contigo en el Cielo, y el Espíritu Santo comparte la Suya contigo en la tierra.  Mientras sigas creyendo que tienes otras funciones, seguirás teniendo necesidad de corrección, pues dicha creencia es la destrucción de la paz, objetivo éste que está en directa oposición al propósito del Espíritu Santo.

5.  Ves lo que esperas ver y esperas ver aquello que invitas.  Tu percepción es el resultado de tu invitación, y llega a ti tal como la pediste.  ¿De quién son las manifestaciones que quieres ver?  ¿De qué presencia quieres convencerte?  Pues creerás en aquello que manifiestes, y tal como contemples lo que está afuera, así mismo verás lo que está adentro.  En tu mente hay dos maneras de contemplar al mundo, y tu percepción reflejará el asesoramiento que hayas elegido.

6.  Yo soy la manifestación del Espíritu Santo y cuando me veas, será porque lo has invitado a Él.  Pues Él te enviará Sus testigos sólo con que desees verlos.  Nunca te olvides de que siempre ves lo que buscas, pues lo que buscas lo encontrarás.  El ego encuentra lo que busca y nada más.  No encuentra amor porque no es eso lo que busca.  Mas buscar es lo mismo que encontrar y si vas en pos de dos objetivos opuestos los encontrarás, pero no podrás reconocer ninguno de ellos.  Creerás que los dos son lo mismo porque deseas alcanzar los dos.  La mente siempre busca su propia integración, mas si está dividida y quiere conservar la división, seguirá creyendo que sólo tiene un objetivo haciendo que parezca uno solo.

7.  Dije anteriormente que lo que proyectas o extiendes depende de ti, pero tienes que hacer una u otra cosa, ya que ello es una ley de la mente, y antes de mirar afuera tienes que mirar adentro.  Al mirar adentro eliges al guía cuya visión deseas compartir.  Y luego miras afuera y contemplas sus testigos.  Por eso es por lo que siempre encuentras lo que buscas.  Lo que desees para ti es lo que manifestarás, y lo aceptarás del mundo porque al desearlo lo ubicaste en él.  Cuando crees que estás proyectando lo que no deseas, es porque todavía lo deseas.  Esto conduce directamente a la disociación, puesto que representa la aceptación de dos objetivos, cada uno de los cuales se percibe en un lugar diferente y separado del otro porque hiciste que fueran diferentes.  La mente ve entonces un mundo dividido fuera de sí misma, pero no dentro de ella.  Esto le da una ilusión de integridad y le permite creer que está yendo en pos de un solo objetivo.  Sin embargo, mientras sigas percibiendo un mundo dividido, no habrás sanado.  Pues haber sanado es ir en pos de un solo objetivo, al haber aceptado uno solo y no desear más que uno solo.

8.  Cuando lo único que desees sea amor no verás nada más.  La naturaleza contradictoria de los testigos que percibes es sencillamente el reflejo de tus invitaciones conflictivas.  Has mirado en tu mente y has aceptado que en ella hay oposición al haberla buscado allí.  Mas no creas entonces que los testigos de la oposición son verdaderos, ya que ellos sólo dan testimonio de tu decisión acerca de la realidad, y te devuelven los mensajes que tú les diste.  El amor, asimismo, se reconoce por sus mensajeros.  Si manifiestas amor, sus mensajeros vendrán a ti porque los invitaste.

9.  El poder de decisión es la única libertad que te queda como prisionero de este mundo.  Puedes decidir ver el mundo correctamente.  Lo que hiciste de él no es su realidad, pues su realidad es sólo la que tú le confieres.  No puedes realmente darle a nada ni a nadie nada que no sea amor, ni tampoco puedes realmente recibir de ellos nada que no sea amor.  Si crees que has recibido cualquier otra cosa, es porque miraste dentro de ti y creíste haber visto ahí la capacidad de poder dar otra cosa.  Esa decisión fue la que determinó lo que encontraste, pues fue la decisión que determinó lo que tenías que buscar.

10.  Tienes miedo de mí porque miraste dentro de ti y lo que viste te dio miedo.  Pero lo que viste no pudo haber sido la realidad, pues la realidad de tu mente es lo más bello de todas las creaciones de Dios.  Puesto que procede únicamente de Dios, su poder y grandeza sólo habrían podido brindarte paz, si realmente la hubieses contemplado.  Si tienes miedo es porque viste algo que no estaba allí.  Sin embargo, en ese mismo lugar pudiste haberme visto a mi y a todos tus hermanos, en la perfecta seguridad de la Mente que nos creó a todos.  Pues nos encontramos ahí, en la paz del Padre, cuya Voluntad es extender Su paz a través de ti.

11.  Cuando hayas aceptado tu misión de extender paz hallarás paz, pues al manifestarla la verás.  Sus santos testigos te rodearán porque los invocaste, y ellos vendrán a ti.  He oído tu llamada y la he contestado, pero no has querido verme ni oír la respuesta que buscabas.  Ello se debe a que eso no es todavía lo único que deseas.  Sin embargo, a medida que yo me haga más real para ti, te darás cuenta de que, en efecto, eso es lo único que deseas.  Y cuando mires dentro de ti me verás, y juntos contemplaremos el mundo real.  A través de los ojos de Cristo, sólo el mundo real existe y es lo único que se puede ver.  Tu decisión determinará lo que ves.  Y lo que veas dará testimonio de tu decisión.

12.  Cuando mires dentro de ti y me veas, será porque habrás decidido manifestar la verdad.  Y al manifestarla la verás tanto afuera como adentro.  La verás afuera porque primero la viste adentro.  Todo lo que ves afuera es el juicio de lo que viste adentro. Si es tu propio juicio, será erróneo, pues tu función no es juzgar.  Si es el juicio del Espíritu Santo será correcto, pues Su función es juzgar.  Tú compartes Su función sólo cuando juzgas tal como Él lo hace, sin juzgar nada por tu cuenta.  Juzgará contra ti mismo, pero Él juzgará a tu favor.

13.  Recuerda, pues, que cada vez que miras fuera de ti y no reaccionas favorablemente ante lo que ves, te has juzgado a ti mismo como indigno y te has condenado a muerte.  La pena de muerte es la meta final del ego porque está convencido de que eres un criminal que merece la muerte, tal como Dios sabe que eres merecedor de la vida.  La pena de muerte nunca abandona la mente del ego, pues eso es lo que siempre tiene reservado para ti al final. Deseando destruirte como expresión final de sus sentimientos hacia ti, te deja vivir sólo para que esperes la muerte.  Te atormentará mientras vivas, pero su odio no quedará hasta que mueras, pues tu destrucción es el único fin que anhela, y el único fin que le dejará satisfecho.

14.  El ego no traiciona a Dios, a Quien es imposible traicionar.   Pero te traiciona a ti que crees que has traicionado a tu Padre.   Por eso es por lo que la erradicación de la culpabilidad es un aspecto esencial de las enseñanzas del Espíritu Santo.  Pues mientras te sientas culpable estarás escuchando la voz del ego, la cual te dice que has traicionado a Dios y que, por lo tanto, mereces la muerte. Pensarás que la muerte procede de Dios, y no del ego, porque al confundirte a ti mismo con el ego, creerás que deseas la muerte.   Y de lo que deseas, Dios no te puede salvar.

15.  Cuando te sientas tentado de sucumbir ante el deseo de la muerte, recuerda que yo no morí.  Te darás cuenta de que esto es cierto cuando mires dentro de ti y me veas.  ¿Cómo iba yo a haber superado la muerte para mí solo?  ¿Y cómo iba a haberme dado el Padre vida eterna a mí, a no ser que también te la hubiese dado a ti? Cuando aprendas a ponerme de manifiesto jamás verás la muerte, pues habrás contemplado lo inmortal en ti mismo, y así, al contemplar un mundo que no puede morir, sólo verás lo eterno. 

UN CURSO DE MILAGROS. Texto página 252



                                VI.  La visión de Cristo.


1.  El ego está tratando de enseñarte cómo ganar el mundo y perder tu alma.  El Espíritu Santo te enseña que no puedes perder tu alma y que no hay nada que ganar en el mundo, pues, de por sí, no da nada.  Invertir sin recibir beneficios es sin duda una manera segura de empobrecerte, y los gastos generales son muy altos.  No sólo no recibes ningún beneficio de la inversión, sino que el costo es enorme.  Pues esta inversión te cuesta la realidad del mundo al negar la tuya, y no te da nada a cambio.  No puedes vender tu alma, pero puedes vender tu conciencia de ella.  No puedes percibir tu alma, y no la podrás conocer mientras percibas cualquier otra cosa como más valiosa.

2.  El Espíritu Santo es tu fortaleza porque sólo te conoce como espíritu.  Él es perfectamente consciente de que no te conoces a ti mismo y perfectamente consciente de cómo enseñarte a recordar lo que eres.  Puesto que te ama, te enseñará gustosamente lo que Él ama, pues Su voluntad es compartirlo.  Dado que se acuerda de ti continuamente, no puede dejar que te olvides de tu valía.  Pues el Padre jamás cesa de mantener vivo en Él el recuerdo de Su Hijo, y el Espíritu Santo jamás cesa de mantener vivo en el Hijo el recuerdo de su Padre.  Dios está en tu memoria por causa de Él.  Tú decidiste olvidar a tu Padre, pero eso no es realmente lo que quieres hacer, y, por lo tanto, puedes decidir de otra manera.  Y tal como yo decidí de otra manera, tú también puedes hacerlo.

3.  Tú no deseas el mundo.  Lo único de valor en él son aquellos aspectos que contemplas con amor.  Eso le confiere la única realidad que jamás tendrá.  Su valía no reside en sí mismo, pero la tuya se encuentra en ti.  De la misma forma en que tu propia estima procede de extenderte a ti mismo, de igual modo la percepción de tu propia estima procede de extender pensamientos amorosos hacia el exterior.  Haz que el mundo real sea real para ti, pues el mundo real es el regalo del Espíritu Santo, y, por lo tanto, te pertenece.

4.  La corrección es para todos aquellos que no pueden ver.  La misión del Espíritu Santo es abrirle los ojos a los ciegos, pues Él sabe que no han perdido su visión, sino que simplemente duermen. Él los despertará del sueño del olvido y los llevará al recuerdo de Dios.  Los ojos de Cristo están abiertos, y Él contemplará con amor todo lo que veas si aceptas Su visión como tuya.  El Espíritu Santo mantiene a salvo la visión de Cristo para cada Hijo de Dios que duerme.  En Su visión el Hijo de Dios es perfecto y Él anhela compartir Su visión contigo.  El Espíritu Santo te mostrará el mundo real porque Dios te dio el Cielo.  A través del Espíritu Santo, tu Padre exhorta a Su Hijo a recordar.  El despertar de Su Hijo da comienzo cuando él empieza a invertir en el mundo real, lo cual le permite aprender a re-invertir en sí mismo.  Pues la realidad es una con el Padre y con el Hijo, y el Espíritu Santo bendice el mundo real en Nombre de los Dos.

5.  Cuando hayas visto el mundo real--como sin duda lo verás--te acordarás de nosotros.  Mas tienes que aprender el costo que supone estar dormido, y negarte a pagarlo.  Sólo entonces decidirás despertar.  Y entonces el mundo real aparecerá ante tu vista, pues Cristo nunca ha estado dormido.  Cristo está esperando a que lo veas, pues Él nunca te ha perdido de vista.  Él contempla serenamente el mundo real, que desea compartir contigo porque sabe que Su Padre lo ama.  Y sabiendo esto, desea darte lo que es tuyo.  Él te aguarda en el altar del Padre en perfecta paz, ofreciéndote el Amor del Padre en la serena luz de la bendición del Espíritu Santo.  Pues el Espíritu Santo conducirá a todo el mundo a su hogar y a su Padre, donde Cristo les espera como Su Ser.

6.  Cada Hijo de Dios es uno en Cristo porque su ser está en Cristo, al igual como el de Cristo está en Dios.  El Amor de Cristo por ti es Su Amor por Su Padre, que Él conoce porque conoce el Amor de Su Padre por Él.  Cuando el Espíritu Santo te haya conducido finalmente hasta Cristo en el altar de Su Padre, la percepción se fundirá con el conocimiento porque se habrá vuelto tan santa que su transferencia a la santidad será sencillamente su extensión natural. El Amor se transfiere al amor sin ninguna interferencia, pues ambos son uno.  A medida que percibas más y más elementos comunes en todas las situaciones, la transferencia del entrenamiento bajo la dirección del Espíritu Santo aumentará y se generalizará.  Aprenderás gradualmente a aplicarlo a todo el mundo y a todas las cosas, pues su aplicabilidad es universal.  Una vez que esto se logra, la percepción y el conocimiento se vuelven tan similares que comparten la unificación de las leyes de Dios.

7.  Lo que es uno no puede ser percibido como separado, y negar la separación es restaurar el conocimiento.  En el altar de Dios, la santa percepción de Su Hijo se vuelve tan iluminada que la luz entra a raudales en ella y el espíritu del Hijo de Dios refulge en la Mente del Padre y se vuelve uno con ella.  Con gran ternura Dios refulge sobre Sí Mismo, y ama la extensión de Sí Mismo que es Su Hijo.  El mundo deja de tener propósito a medida que se funde con el Propósito de Dios.  Pues el mundo real ha desaparecido sigilosamente en el Cielo, donde todo lo que es eterno ha existido siempre.  Allí Redentor y redimido se unen en su perfecto amor por Dios y en el amor perfecto que se profesan el uno al otro.  El Cielo es tu hogar, y al estar en Dios tiene también que estar en ti.

UN CURSO DE MILAGROS. Texto página 249



                           V.  El programa de estudios cuerdo.


1.  Sólo el amor es fuerte, puesto que es indiviso.  Los fuertes no atacan, pues no ven que haya necesidad de ello.  Antes de que la idea de atacar pudiese entrar en tu mente, tuviste que haberte percibido a ti mismo como débil.  Puesto que te atacaste a ti mismo y creíste que el ataque había sido efectivo, te consideras a ti mismo debilitado.  Al dejar de percibir la igualdad que existe entre tus hermanos y tú, y al considerarte a ti mismo como más débil, intentas "equilibrar" la situación a la que tú mismo diste lugar.  Y te vales del ataque para ello porque crees que el ataque logró debilitarte.

2.  Por eso es por lo que el reconocimiento de tu propia invulnerabilidad es tan importante para el restablecimiento de tu cordura.  Pues al aceptar tu invulnerabilidad estás reconociendo que el ataque no tiene efectos.  Aunque te has atacado a ti mismo, demuestras que en realidad no ocurrió nada.  Por lo tanto, al atacar no hiciste nada.  Una vez que te des cuenta de esto, atacar dejará de tener sentido para ti, pues resultará evidente que ni es efectivo ni puede protegerte.  Con todo, el reconocimiento de tu invulnerabilidad te aporta todavía mucho más que eso.  Si tus ataques contra ti mismo no han  podido debilitarte, eso quiere decir que aún eres fuerte.  Por lo tanto, no tienes que "equilibrar" la situación para demostrar tu fuerza.

3.  No podrás darte cuenta de cuán inútil es el ataque hasta que no reconozcas que los ataques que lanzas contra ti mismo no tienen efectos.  Pues otros ciertamente reaccionan ante el ataque si lo perciben, y, si estás tratando de atacarles, no podrás sino interpretar su reacción como un refuerzo de tu creencia en el ataque.  El único lugar donde puedes cancelar todo refuerzo es en ti mismo.  Pues tú eres siempre el primer blanco de tus ataques, y si éstos nunca han tenido lugar, tampoco pudieron haber tenido consecuencias.

4.  El Amor del Espíritu Santo es tu fortaleza, pues el tuyo está dividido y, por lo tanto, no es real.  No puedes confiar en tu propio amor cuando lo atacas.  No puedes aprender lo que es el amor perfecto con una mente dividida porque una mente dividida se ha convertido a sí misma en una mal estudiante.  Trataste de hacer que la separación fuese eterna porque querías conservar las características de la creación, aunque con tu propio contenido.  La creación, sin embargo, no procede de ti, y los malos estudiantes tienen ciertamente necesidad de una enseñanza especial.

5.  Tienes problemas de aprendizaje en un sentido muy literal. Ciertas áreas de tus facultades para aprender están tan deterioradas, que sólo puedes progresar bajo una dirección clara, precisa y constante, suministrada por un Maestro que pueda transcender tus limitados recursos.  Él se convierte en tu Recurso, ya que por tu cuenta no puedes aprender.  Es imposible aprender nada en la situación de aprendizaje en la que te has puesto a ti mismo, y es obvio que en esa situación necesitas un Maestro especial así como un programa de estudios especial.  A los malos estudiantes no se les debería elegir como maestros de sí mismos o de otros.  No te dirigirías a ellos para establecer el programa de estudios que les permitiría escapar de sus limitaciones.  Si comprendiesen lo que se encuentra más allá de ellos, no tendrían limitaciones.

6.  No sabes cuál es el significado del amor, y ésa es tu limitación. No intentes enseñarte a ti mismo lo que no entiendes, ni trates de establecer los objetivos del programa de estudios cuando los tuyos claramente han fracasado.  El objetivo de tu aprendizaje ha sido no aprender, y esto no puede conducir a un aprendizaje fructífero.  No puedes transferir lo que no has aprendido, y el menoscabo de tu capacidad de generalizar es un fallo fundamental de tu aprendizaje. ¿Les preguntarías a los que no han podido aprender para qué sirven los recursos de aprendizaje?  Ellos no lo saben.  Si pudiesen interpretar correctamente dichos recursos, habrían aprendido de ellos. 

7.  He dicho que la regla del ego es:  "Busca, pero no halles". Traducido al lenguaje del programa de estudios eso significa: "Trata de aprender, pero no lo logres".  El resultado de este objetivo de aprendizaje es obvio:  hará que se interprete erróneamente todo recurso de aprendizaje legítimo, toda instrucción real y toda dirección sensata, ya que el propósito de éstos es facilitar el aprendizaje al que se opone ese absurdo programa de estudios.  Si estás tratando de aprender cómo no aprender, y el objetivo de lo que enseñas es la auto-derrota, ¿qué puedes esperar sino confusión? Un programa así no tiene sentido.  Este intento de "aprender" ha debilitado tanto a tu mente que no puedes amar, ya que el programa que has escogido es contrario al amor, y no es más que un curso en cómo atacarte a ti mismo.  Un objetivo suplementario de ese programa es no aprender cómo superar la división que da credibilidad a su objetivo principal.  Y no te será posible superar esa división siguiendo dicho programa, ya que todo lo que aprendas será en su favor.  Mas tu mente se pronuncia en contra de tu aprendizaje, tal como tu aprendizaje se pronuncia en contra de tu mente, y así, te opones a todo aprendizaje y lo consigues, pues eso es lo que quieres.  Pero puede que todavía no te hayas dado cuenta de que hay algo que sí quieres aprender, y de que lo puedes aprender porque eso es lo que has decidido hacer.

8.  Tú que has intentado aprender lo que no deseas, debes animarte, pues aunque el programa de estudios que tú estableciste es en verdad deprimente, si lo examinas con detenimiento es simplemente ridículo.  ¿Cómo iba a ser posible que la manera de alcanzar un objetivo fuese no alcanzándolo?  Renuncia ahora a ser tu propio maestro.  Esta renuncia no te conducirá a la depresión.  Es simplemente el resultado de haber evaluado honestamente lo que te has enseñado a ti mismo y los resultados que se han derivado de ello.  Bajo las condiciones de aprendizaje adecuadas, que tú no puedes proveer ni comprender, llegarás a convertirte en un alumno y maestro excelente.  Pero aún no lo eres, ni lo serás hasta que la situación de aprendizaje tal como la urdiste se invierta.

9.  Tu potencial para aprender, debidamente entendido, es ilimitado porque te conducirá hasta Dios.  Puedes enseñar el camino que conduce a Dios y aprenderlo, si sigues al Maestro que conoce el camino que conduce a Él y que sabe cómo se aprende Su programa de estudios.  El programa está desprovisto de toda ambigüedad porque Su objetivo no está dividido y los medios y el fin están en completo acuerdo.  Lo único que necesitas hacer es ofrecerle tu atención indivisa.  Todo lo demás se te proveerá, pues la verdad es que quieres aprender debidamente y nada puede oponerse a la decisión del Hijo de Dios.  Lo que él puede aprender es tan ilimitado como él mismo. 

UN CURSO DE MILAGROS. Texto página 247



                                   IV.  Buscar y hallar.


1.  El ego está seguro de que el amor es peligroso, y ésta es siempre su enseñanza principal.  Nunca lo expresa de este modo.  Al contrario, todo el que cree que el ego es la salvación parece estar profundamente inmerso en la búsqueda del amor.  El ego, sin embargo, aunque alienta con gran insistencia la búsqueda del amor, pone una condición:  que no se encuentre.  Sus dictados, por lo tanto, pueden resumirse simplemente de esta manera: "Busca, pero no halles".  Ésta es la única promesa que el ego te hace y la única que cumplirá.  Pues el ego persigue su objetivo con fanática insistencia, y su juicio, aunque seriamente menoscabado, es completamente coherente.

2.  La búsqueda que el ego emprende está, por lo tanto, condenada al fracaso.  Y como también te enseña que él es tu identidad, su consejo te embarca en una jornada que siempre acaba en una percepción de auto-derrota.  Pues el ego es incapaz de amar, y, en su frenética búsqueda de amor, anda en pos de lo que teme encontrar.  La búsqueda es inevitable porque el ego es parte de tu mente, y, debido a su origen, él no está totalmente dividido, pues, de lo contrario, carecería por completo de credibilidad.  Tu mente es la que cree en él y la que le otorga existencia.  Sin embargo, es también tu mente la que tiene el poder de negar su existencia, y eso es sin duda lo que harás cuando te des cuenta exactamente de la clase de jornada en la que el ego te embarca.

3.  Es sin duda obvio que nadie quiere encontrar lo que le derrotaría por completo.  El ego, al ser incapaz de amar, se sentiría totalmente perdido en presencia del amor, pues no podría responder en absoluto.  Tendrías entonces que abandonar su dirección, puesto que sería evidente que no te puede enseñar la respuesta que necesitas.  El ego, por lo tanto, distorsionará el amor, y te enseñará que él te puede proveer las respuestas que el amor en realidad evoca.  Si sigues sus enseñanzas, pues, irás en busca de amor, pero serás incapaz de reconocerlo.

4.  ¿No te das cuenta de que el ego sólo puede embarcarte en una jornada que únicamente puede conducirte a una sensación de futilidad y depresión?  Buscar y no hallar no puede ser una actividad que brinde felicidad.  ¿Es ésta la promesa que quieres seguir manteniendo?  El Espíritu Santo te ofrece otra promesa, la cual te conduce a la dicha.  Pues Su promesa es siempre:  "Busca y hallarás", y bajo Su dirección no podrás fracasar.  La jornada en la que el Espíritu Santo es tu Guía es la jornada que te conduce al triunfo, y el objetivo que pone ante ti.  Él Mismo lo consumará. Pues Él nunca engañará al Hijo de Dios a quien ama con el Amor del Padre.

5.  No podrás por menos que buscar, ya que en este mundo no te sientes a gusto.  Y buscarás tu hogar tanto si sabes dónde se encuentra como si no.  Si crees que se encuentra fuera de ti, la búsqueda será en vano, pues lo estarás buscando donde no está.  No recuerdas cómo buscar dentro de ti porque no crees que tu hogar esté ahí.  Pero el Espíritu Santo lo recuerda por ti y te guiará a tu hogar porque ésa es Su misión.  A medida que Él cumpla Su misión te enseñará a cumplir la tuya, pues tu misión es la misma que la Suya.  Al guiar a tus hermanos hasta su hogar estarás siguiéndolo a Él.

6.  Contempla el Guía que tu Padre te ha dado, para que puedas aprender que posees vida eterna, pues la muerte no es la Voluntad de tu Padre ni la tuya, y todo lo que es verdad es la Voluntad del Padre.  La vida no te cuesta nada, pues se te dio, pero por la muerte tienes ciertamente que pagar, y pagar un precio exorbitante.  Si la muerte es tu tesoro, venderás todo lo demás para comprarla.  Y creerás haberla adquirido, al haber vendido todo lo demás.  No obstante, no puedes vender el Reino de los Cielos.  Tu herencia no se puede comprar ni vender.  Ninguna parte de la Filiación puede quedar desheredada, pues Dios goza de plenitud y todas sus extensiones son como Él.

7.  La Expiación no es el precio de tu plenitud;  es, no obstante, el precio de ser consciente de tu plenitud.  Lo que decidiste "vender" tuvo que ser salvaguardado para ti, ya que no lo habrías podido volver a "comprar".  Aun así, tienes que invertir en ello, no con dinero sino con espíritu.  Porque el espíritu es voluntad, y la voluntad es el "precio" del Reino.  Tu herencia aguarda únicamente tu reconocimiento de que has sido redimido.  El Espíritu Santo te guía hacia la vida eterna, pero tienes que abandonar tu interés por la muerte, o, de lo contrario, no podrás ver la vida aunque te rodea por todas partes.

UN CURSO DE MILAGROS. Texto página 244



                          III.  Cómo invertir en la realidad.


1.  Te pedí una vez que vendieses todo cuanto tuvieses, que se lo dieses a los pobres y que me siguieras.  Esto es lo que quise decir: si no inviertes tu atención en ninguna de las cosas de este mundo, puedes enseñarle a los pobres dónde está su tesoro.  Los pobres son sencillamente los que han invertido mal, ¡y vaya que son pobres! Puesto que están necesitados, se te ha encomendado que los ayudes, pues te cuentas entre ellos.  Observa lo bien que aprenderías tu lección si te negases a compartir su pobreza, pues la pobreza no es otra cosa que insuficiencia, y sólo hay una insuficiencia, ya que sólo hay una necesidad. 

2.  Suponte que un hermano insiste en que hagas algo que tú crees que no quieres hacer.  Su misma insistencia debería indicarte que él cree que su salvación depende de que tú hagas lo que te pide.  Si insistes en que no puedes satisfacer su deseo y experimentas de inmediato una reacción de oposición, es que crees que tu salvación depende de no hacerlo.  Estás, por lo tanto, cometiendo el mismo error que él, y haciendo que su error sea real para ambos.  Insistir significa invertir, y aquello en lo que inviertes está siempre relacionado con tu idea de lo que es la salvación.  La pregunta se compone de dos partes:  primera, ¿qué es lo que hay que salvar? y segunda, ¿cómo se puede salvar?

3.  Cada vez que te enfadas con un hermano, por la razón que sea, crees que tienes que proteger al ego, y que tienes que protegerlo atacando.  Si es tu hermano el que ataca, estás de acuerdo con esta creencia;  si eres tú el que ataca, no haces sino reforzarla.  Recuerda que los que atacan son pobres.  Su pobreza pide regalos, no mayor empobrecimiento.  Tú que podrías ayudarles estás ciertamente actuando en forma destructiva si aceptas su pobreza como propia.   Si no hubieses invertido de la manera en que ellos lo hicieron, jamás se te hubiese ocurrido pasar por alto su necesidad.

4.  Reconoce lo que no importa, y si tus hermanos te piden algo "descabellado", hazlo precisamente porque no importa.  Niégate, y tu oposición demuestra que sí te importa.  Eres únicamente tú, por lo tanto, el que determina si la petición es descabellada o no, y toda petición de un hermano es tu propia petición.  ¿Por qué te empeñas en negarte lo que pide?  Pues negárselo es negártelo a ti mismo, y empobrecerte a ti y a él.  Él está pidiendo la salvación, al igual que tú.  La pobreza es siempre cosa del ego y nunca de Dios.  Ninguna petición es "descabellada" para el que reconoce lo que es valioso y no acepta nada más.

5.  La salvación es para la mente, y se alcanza por medio de la paz. La mente es lo único que se puede salvar, y sólo se puede salvar a través de la paz.  Cualquier otra respuesta que no sea amor, surge como resultado de una confusión con respecto a "qué" es la salvación y a "cómo" se alcanza, y el amor es la única respuesta.   Nunca te olvides de esto, y nunca te permitas creer, ni por un solo instante, que existe otra respuesta, pues de otro modo te contarás forzosamente entre los pobres, quienes no han entendido que moran en la abundancia y que la salvación ha llegado. 

6.  Identificarte con el ego es atacarte a ti mismo y empobrecerte. Por eso es por lo que todo aquel que se identifica con el ego se siente desposeído.  Lo que experimenta entonces es depresión o ira, ya que lo que hizo fue intercambiar su amor hacia Sí Mismo por odio hacia sí mismo, y como consecuencia de ello, tiene miedo de sí mismo.  Él no se da cuenta de esto.  Aun si es plenamente consciente de que está sintiendo ansiedad, no percibe que el origen de ésta reside en su propia identificación con el ego, y siempre trata de lidiar con ella haciendo algún "trato" demente con el mundo. Siempre percibe este mundo como algo externo a él, pues esto es crucial para su propia adaptación.  No se da cuenta de que él es el autor de este mundo, pues fuera de sí mismo no existe ningún mundo.

7.  Si sólo los pensamientos amorosos del Hijo de Dios constituyen la realidad del mundo, el mundo real tiene que estar en su mente.   Sus pensamientos descabellados tienen que estar también en su mente, pero él no puede tolerar un conflicto interno de tal magnitud.  Una mente dividida está en peligro, y el reconocimiento de que alberga dentro de sí pensamientos diametralmente opuestos es intolerable.  Proyecta, por consiguiente, la división, no la realidad.  Todo lo que percibes como el mundo externo no es otra cosa que tu intento de mantener vigente tu identificación con el ego, pues todo el mundo cree que esa identificación es su salvación. Observa, sin embargo, lo que ha sucedido, pues los pensamientos tienen consecuencias para el que los piensa.  Estás en conflicto con el mundo tal como lo percibes porque crees que el mundo es antagónico a ti.  Ésta es una consecuencia inevitable de lo que has hecho.  Has proyectado afuera aquello que es antagónico a lo que está adentro, y así, no puedes por menos que percibirlo de esa forma.  Por eso es por lo que debes darte cuenta de que tu odio se encuentra en tu mente y no fuera de ella antes de que puedas liberarte de él, y por lo que debes deshacerte de él antes de que puedas percibir el mundo tal como realmente es. 

8.  He dicho antes que Dios amó tanto al mundo, que se lo dio a Su Hijo unigénito.  Dios ama ciertamente el mundo real y aquellos que perciben la realidad de éste no pueden ver el mundo de la muerte, pues la muerte no forma parte del mundo real, en el que todo es un reflejo de lo eterno.  Dios te dio el mundo real a cambio del mundo que tú fabricaste como resultado de la división de tu mente, el cual es el símbolo de la muerte.  Pues si pudieses realmente separarte de la Mente de Dios, perecerías.

9.  El mundo que percibes es un mundo de separación.  Quizá estés dispuesto a aceptar incluso la muerte con tal de negar a tu Padre. Sin embargo, Él no dispuso que fuese así, y, por lo tanto, no es así.   Tu voluntad sigue siendo incapaz de oponerse a lo que la Suya dispone, y ésa es la razón de que no tengas ningún control sobre el mundo que fabricaste.  No es éste un mundo que provenga de la voluntad, pues está regido por el deseo de ser diferente de Dios, y ese deseo no tiene nada que ver con la voluntad.  El mundo que has fabricado es, por lo tanto, completamente caótico, y está regido por "leyes" arbitrarias que no tienen sentido ni significado alguno.  Se compone de lo que tú no deseas, lo cual has proyectado desde tu mente porque tienes miedo de ello.  Sin embargo, un mundo así sólo se puede encontrar en la mente de su hacedor, junto con su verdadera salvación.  No creas que se encuentra fuera de ti, ya que únicamente reconociendo dónde se encuentra es como podrás tener control sobre él.  Ciertamente tienes control sobre tu mente, ya que la mente es el mecanismo de decisión.

10.  Si reconocieses que cualquier ataque que percibes se encuentra en tu mente, y sólo en tu mente, habrías por fin localizado su origen, y allí donde el ataque tiene su origen, allí mismo tiene que terminar.  Pues en ese mismo lugar reside también la salvación.  El altar de Dios donde Cristo mora se encuentra ahí.  Tú has profanado el altar, pero no has profanado el mundo.  Cristo, sin embargo, ha puesto la Expiación sobre el altar para ti.  Lleva todas tus percepciones del mundo ante ese altar, pues es el altar a la verdad. Ahí verás tu visión transformarse y ahí aprenderás a ver verdaderamente.  Desde este lugar, en el que Dios y Su Hijo moran en paz y en el que se te da la bienvenida, mirarás en paz hacia el exterior y verás el mundo correctamente.  Mas para encontrar ese lugar tienes que renunciar a tu inversión en el mundo tal como lo proyectas, y permitir que el Espíritu Santo extienda el mundo real desde el altar de Dios hasta ti.

UN CURSO DE MILAGROS. Lección 182



                                     LECCIÓN  182

       Permaneceré muy quedo por un instante e iré a mi hogar.

1.  Este mundo en el que pareces vivir no es tu hogar.  Y en algún recodo de tu mente sabes que esto es verdad.  El recuerdo de tu hogar sigue rondándote, como si hubiera un lugar que te llamase a regresar, si bien no reconoces la voz, ni lo que ésta te recuerda.  No obstante, sigues sintiéndote como un extraño aquí, procedente de algún lugar desconocido.  No es algo tan concreto que puedas decir con certeza que eres un exilado aquí.  Es más bien un sentimiento persistente, no más que una leve punzada a veces, que en otras ocasiones apenas recuerdas, algo que descartas sin ningún miramiento, pero que sin duda ha de volver a rondarte otra vez.

2.  No hay nadie que no sepa de qué estamos hablando.  Sin embargo, hay quienes tratan de ahogar su sufrimiento entreteniéndose en juegos para pasar el tiempo y no sentir su tristeza.  Otros prefieren negar que están tristes, y no reconocen en absoluto que se están tragando las lágrimas.  Hay quienes afirman incluso que esto de lo que estamos hablando son ilusiones y que no se debe considerar más que como un sueño.  Sin embargo, ¿quién podría honestamente afirmar, sin ponerse a la defensiva o engañarse a sí mismo, que no sabe de lo que estamos hablando?

3.  Hoy hablamos en nombre de todo aquel que vaga por este mundo, pues en él no está en su hogar.  Camina a la deriva enfrascado en una búsqueda interminable, buscando en la obscuridad lo que no puede hallar, y sin reconocer qué es lo que anda buscando.  Construye miles de casas, pero ninguna de ellas satisface a su desasosegada mente.  No se da cuenta de que las construye en vano.  El hogar que anda buscando, él no lo puede construir.  El Cielo no tiene substituto.  Lo único que él construyó fue un infierno.

4.  Tal vez pienses que lo que quieres encontrar es el hogar de tu infancia.  La infancia de tu cuerpo y el lugar que le dio cobijo son ahora recuerdos tan distorsionados que lo que guardas es simplemente una imagen de un pasado que nunca tuvo lugar.  Mas en ti hay un Niño que anda buscando la casa de Su Padre, pues sabe que Él es un extraño aquí.  Su infancia es eterna, llena de una inocencia que ha de perdurar para siempre.  Por dondequiera que este Niño camina es tierra santa.  Su santidad es lo que ilumina al Cielo, y lo que trae a la tierra el pristino reflejo de la luz que brilla en lo alto, en la que el Cielo y la tierra se encuentran unidos cual uno solo.

5.  Este Niño que mora en ti es el que tu Padre conoce como Su Hijo.  Este Niño que mora en ti es el que conoce a Su Padre.  Él anhela tan profunda e incesantemente volver a Su hogar, que Su voz te suplica que lo dejes descansar por un momento.  Tan sólo pide unos segundos de respiro:  un intervalo en el que pueda volver a respirar el aire santo que llena la casa de Su Padre.  Tú eres también Su hogar.  Él retornará.  Pero dale un poco de tiempo para que pueda ser lo que es dentro de la paz que es Su hogar, y descansar en silencio, en paz y en amor.

6.  Este Niño necesita tu protección.  Se encuentra muy lejos de Su hogar.  Es tan pequeño que parece muy fácil no hacerle caso y no oír Su vocecilla, quedando así Su llamada de auxilio ahogada en los estridentes sonidos y destemplados y discordantes ruidos del mundo.  No obstante, Él sabe que en ti aún radica Su protección. Tú no le fallarás.  Él volverá a Su hogar, y tú lo acompañarás.

7.  Este Niño es tu indefensión, tu fortaleza.  Él confía en ti.  Vino porque sabía que tú no le fallarías.  Te habla incesantemente de Su hogar con suaves murmullos.  Pues desea llevarte consigo de vuelta a él, a fin de poder Él Mismo permanecer allí y no tener que regresar de nuevo a donde no le corresponde estar y donde vive proscrito en un mundo de pensamientos que le son ajenos.  Su paciencia es infinita.  Esperará hasta que oigas Su dulce Voz dentro de ti instándote a que lo dejes ir en paz, junto contigo, a donde Él se encuentra en Su casa, al igual que tú.

8.  Cuando estés en perfecta quietud por un instante, cuando el mundo se aparte de ti y las vanas ideas que abrigas en tu desasosegada mente dejen de tener valor, oirás Su Voz.  Su llamada es tan conmovedora que ya no le ofrecerás más resistencia.  En ese instante te llevará a Su hogar, y tú permanecerás allí con Él en perfecta quietud, en silencio y en paz, más allá de las palabras, libre de todo temor y de toda duda, sublimemente seguro de que estás en tu hogar.

9.  Descansa a menudo con Él hoy.  Pues Él estuvo dispuesto a convertirse en un Niño pequeño para que tú pudieras aprender cuán fuerte es aquel que viene sin defensas, ofreciendo únicamente los mensajes del amor a quienes creen ser sus enemigos.  Con el poder del Cielo en Sus manos, los llama amigos y les presta Su fortaleza para que puedan darse cuenta de que Él quiere ser su Amigo.  Les pide que lo protejan, pues Su hogar está muy lejos, y Él no quiere regresar a él solo.

10.  Cristo renace como un Niño pequeño cada vez que un peregrino abandona su hogar.  Pues éste debe aprender que a quien quiere proteger es sólo a este Niño, que viene sin defensas y a Quien la indefensión ampara.  Ve con Él a tu hogar de vez en cuando hoy.  Tú eres un extraño aquí, al igual que Él.

11.  Dedica algún tiempo hoy a dejar a un lado tu escudo que de nada te ha servido, y a desponer la espada y la lanza que blandiste contra un enemigo imaginario.  Cristo te ha llamado amigo y hermano.  Ha venido incluso a pedirte ayuda para que lo dejes regresar a Su hogar hoy, íntegro y completamente.  Ha venido como lo haría un niño pequeño, que tiene que implorar la protección y el amor de su padre.  Él rige el universo, y, sin embargo, te pide incesantemente que regreses con Él y que no sigas convirtiendo a las ilusiones en dioses.

12.  Tú no has perdido tu inocencia.  Y eso es lo que anhelas;  lo que tu corazón desea.  Ese santo Niño todavía sigue a tu lado.  Su hogar es el tuyo.  Hoy Él te da Su indefensión, y tú la aceptas a cambio de todos los juguetes bélicos que has fabricado.  Y ahora el camino está libre y despejado, y el final de la jornada puede por fin vislumbrarse.  Permanece muy quedo por un instante, regresa a tu hogar junto con Él y goza de paz por un rato.

jueves, 29 de junio de 2017

UN CURSO DE MILAGROS. Lección 181



                                     LECCIÓN  181

               Confío en mis hermanos, que son uno conmigo.

1.  Confiar en tus hermanos es esencial para establecer y sustentar tu fe en tu propia capacidad para transcender tus dudas y  tu falta de absoluta convicción en ti mismo.  Cuando atacas a un hermano, proclamas que está limitado por lo que tú has percibido en él.  No estás viendo más allá de sus errores.  Por el contrario, éstos se exageran, convirtiéndose en obstáculos que te impiden tener conciencia del Ser que se encuentra más allá de tus propios errores, así como de sus aparentes pecados y de los tuyos.

2.  La percepción tiene un enfoque.  Eso es lo que hace que lo que ves sea consistente.  Cambia de enfoque, y, lo que contemples, consecuentemente cambiará.  Ahora se producirá un cambio en tu visión para apoyar la intención que ha reemplazado a la que antes tenías.  Deja de concentrarte en los pecados de tu hermano, y experimentarás la paz que resulta de tener fe en la impecabilidad.   El único apoyo que esta fe recibe procede de lo que ves en otros más allá de sus pecados.  Pues sus errores, si te concentras en ellos, no son sino testigos de tus propios pecados.  Y no podrás sino verlos, lo cual te impedirá ver la impecabilidad que se encuentra más allá de ellos.

3.  En nuestra práctica de hoy, por lo tanto, lo primero que vamos a hacer es dejar que todos esos insignificantes enfoques den paso a la gran necesidad que tenemos de que nuestra impecabilidad se haga evidente.  Damos instrucciones a nuestras mentes para que, por un breve intervalo, eso, y sólo eso, sea lo que busquen.  No vamos a preocuparnos por objetivos futuros.  Lo que vimos un instante antes no nos preocupará en absoluto dentro de este lapso de tiempo en el que nuestra práctica consiste en cambiar de intención.  Buscamos la inocencia y nada más.  Y la buscamos sin interesarnos por nada que no sea el ahora.

4.  Uno de los mayores obstáculos que ha impedido tu éxito ha sido tu dedicación a metas pasadas y futuras.  El que las metas que propugna este curso sean tan extremadamente diferentes de las que tenías antes ha sido motivo de preocupación para ti.  Y también te has sentido consternado por el pensamiento restrictivo y deprimente de que, incluso si tuvieses éxito, volverías inevitablemente a perder el rumbo. 

5.  ¿Por qué habría de ser motivo de preocupación?  Pues el pasado ya pasó y el futuro es tan solo algo imaginario.  Preocupaciones de esta índole no son sino defensas para impedir que cambiemos el enfoque de nuestra percepción en el presente.  Nada más.  Vamos a dejar de lado estas absurdas limitaciones por un momento.  No vamos a recurrir a creencias pasadas, ni a dejar que lo que hayamos de creer en el futuro nos estorbe ahora.  Damos comienzo a nuestra sesión de práctica con un solo propósito:  ver la impecabilidad que mora dentro de nosotros.

6.  Reconoceremos que hemos perdido de vista este objetivo si de alguna manera la ira se interpone en nuestro camino.  Y si se nos ocurre pensar en los pecados de un hermano, nuestro restringido foco nos nublará la vista y nos hará volver los ojos hacia nuestros propios errores, que exageraremos y llamaremos "pecados".  De modo que, por un breve intervalo, de surgir tales obstáculos, los transcenderemos sin ocuparnos del pasado o del futuro, dando instrucciones a nuestras mente para que cambien de foco, según decimos:  

   No es esto lo que quiero contemplar.
   Confío en mis hermanos, que son uno conmigo.

7.  Y nos valdremos asimismo de este pensamiento para mantenernos a salvo a lo largo del día.  No estamos interesados en metas a largo plazo.  Conforme cada uno de los obstáculos nuble la visión de nuestra impecabilidad, lo único que nos interesará será poner fin, por un instante, al dolor que, de concentrarnos en el pecado experimentaríamos, y que, de no corregirlo, persistiría.

8.  No vamos en pos de fantasías.  Pues lo que procuramos contemplar está realmente ahí.  Y conforme nuestro foco se extienda más allá del error, veremos un mundo completamente impecable.  Y cuando esto sea lo único que queramos ver y lo único que busquemos en nombre de la verdadera percepción, los ojos de Cristo se volverán inevitablemente los nuestros.  El Amor que Él siente por nosotros se volverá también el nuestro.  Esto será lo único que veremos reflejado en el mundo, así como en nosotros mismos.

9.  El mundo que una vez proclamó nuestros pecados se convierte ahora en la prueba de que somos incapaces de pecar.  Y nuestro amor por todo aquel que contemplemos dará testimonio de que recordamos al santo Ser que no conoce el pecado, y que jamás podría concebir nada que no compartiese Su impecabilidad.  Éste es el recuerdo que queremos evocar hoy cuando consagramos nuestras mentes a la práctica.  No miramos ni hacia adelante ni hacia atrás. Miramos directamente al presente.  Y depositamos nuestra fe en la experiencia que ahora pedimos.  Nuestra impecabilidad no es sino la Voluntad de Dios.  En este instante nuestra voluntad dispone lo mismo que la Suya.