viernes, 7 de julio de 2017
UN CURSO DE MILAGROS. Texto página 542
Capítulo 23
LA GUERRA CONTRA TI MISMO
Introducción
1. ¿No te das cuenta de que lo opuesto a la flaqueza y a la debilidad es la impecabilidad? La inocencia es fuerza, y nada más lo es. Los que están libres de pecado no pueden temer, pues el pecado, de la clase que sea, implica debilidad. La demostración de fuerza de la que el ataque se quiere valer para encubrir la flaqueza no logra ocultarla, pues, ¿cómo se iba a poder ocultar lo que no es real? Nadie que tenga un enemigo es fuerte, y nadie puede atacar a menos que crea tener un enemigo. Creer en enemigos es, por lo tanto, creer en la debilidad, y lo que es débil no es la Voluntad de Dios. Y al oponerse a ésta, es el "enemigo" de Dios. Y así, se teme a Dios, al considerársele una voluntad contraria.
2. ¡Qué extraña se vuelve en verdad esta guerra contra ti mismo! No podrás sino creer que todo aquello de lo que te vales para los fines del pecado puede herirte y convertirse en tu enemigo. Y lucharás contra ello y tratarás de debilitarlo por esa razón, y creyendo haberlo logrado, atacarás de nuevo. Es tan seguro que tendrás miedo de lo que atacas como que amarás lo que percibes libre de pecado. Todo aquel que recorre con inocencia el camino que el amor le muestra, camina en paz. Pues el amor camina a su lado, resguardándolo del miedo. Y lo único que ve son seres inocentes, incapaces de atacar.
3. Camina gloriosamente, con la cabeza en alto, y no temas ningún mal. Los inocentes se encuentran a salvo porque comparten su inocencia. No ven nada que sea nocivo, pues su conciencia de la verdad libera a todas las cosas de la ilusión de la nocividad. Y lo que parecía nocivo resplandece ahora en la inocencia de ellos, liberado del pecado y del miedo, y felizmente de vuelta en los brazos del amor. Los inocentes comparten la fortaleza del amor porque vieron la inocencia. Y todo error desapareció porque no lo vieron. Quien busca la gloria la halla donde ésta se encuentra. ¿Y dónde podría encontrarse sino en los que son inocentes?
4. No permitas que las pequeñas interferencias te arrastren a la pequeñez. La culpabilidad no ejerce ninguna atracción en el estado de inocencia. ¡Piensa cuán feliz es el mundo por el que caminas con la verdad a tu lado! No renuncies a ese mundo de libertad por un pequeño anhelo de aparente pecado, ni por el más leve destello de atracción que pueda ejercer la culpabilidad. ¿Desapreciarías el Cielo por causa de esas insignificantes distracciones? Tu destino y tu propósito se encuentran mucho más allá de ellas, en un lugar nítido donde no existe la pequeñez. Tu propósito no se aviene con ninguna clase de pequeñez. De ahí que no se avenga con el pecado.
5. No permitamos que la pequeñez haga caer al Hijo de Dios en la tentación. Su gloria está más allá de toda pequeñez, al ser tan inconmesurable e intermporal como la eternidad. No dejes que el tiempo enturbie tu visión de él. No lo dejes solo y atemorizado en su tentación, sino ayúdalo a que la supere y a que perciba la luz de la que forma parte. Tu inocencia alumbrará el camino a la suya, y así la tuya quedará protegida y se mantendrá en tu conciencia. Pues, ¿quién puede conocer su gloria y al mismo tiempo percibir lo pequeño y lo débil en sí mismo? ¿Quién puede caminar temblando de miedo por un mundo temible, y percatarse de que la gloria del Cielo refulge en él?
6. No hay nada a tu alrededor que no forme parte de ti. Contémplalo amorosamente y ve la luz del Cielo en ello. Pues así es como llegarás a comprender todo lo que se te ha dado. El mundo brillará y resplandecerá en amoroso perdón, y todo lo que una vez considerabas pecaminoso será re-interpretado ahora como parte integrante del Cielo. ¿Qué bello es caminar, limpio, redimido y feliz, por un mundo que tanta necesidad tiene de la redención que tu inocencia vierte sobre él! ¿Qué otra cosa podría ser más importante para ti? Pues he aquí tu salvación y tu libertad. Y éstas tienen que ser absolutas para que las puedas reconocer.
I. Las creencias irreconciliables
1. El recuerdo de Dios aflora en la mente que está serena. No puede venir allí donde hay conflictos, pues una mente en pugna consigo misma no puede recordar la mansedumbre eterna. Los medios de la guerra no son los medios de la paz, y lo que recuerda el belicoso no es amor. Si no se atribuyese valor a la creencia en la victoria, la guerra sería imposible. Si estás en conflicto, eso quiere decir que crees que el ego tiene el poder de salir triunfante. ¿Por qué otra razón sino te ibas a identificar con él? Seguramente te habrás percatado de que el ego está en pugna con Dios. Que el ego no tiene enemigo alguno, es cierto. Mas es igualmente cierto que cree firmemente tener un enemigo al que necesita vencer, y que lo logrará.
2. ¿No te das cuenta de que una guerra contra ti mismo sería una guerra contra Dios? Y en una guerra así, ¿es concebible la victoria? Y si lo fuese, ¿la desearías? La muerte de Dios, de ser posible, significaría tu muerte. ¿Qué clase de victoria sería ésa? El ego marcha siempre hacia la derrota porque cree que puede vencerte. Dios, no obstante, sabe que eso no es posible. Eso no es una guerra, sino la descabellada creencia de que es posible atacar y derrotar la Voluntad de Dios. Te puedes identificar con esta creencia, pero jamás dejará de ser una locura. Y el miedo reinará en la locura, y parecerá haber reemplazado al amor allí. Éste es el propósito del conflicto. Y para aquellos que creen que es posible, los medios parecen ser reales.
3. Ten por seguro que no es posible que Dios y el ego, o tú y el ego jamás os podáis encontrar. En apariencia lo hacéis y formáis extrañas alianzas basándoos en premisas que no tienen sentido. Pues vuestras creencia convergen en el cuerpo, al que el ego ha elegido como su hogar y tú consideras que es el tuyo. Vuestro punto de encuentro es un error: un error en cómo te consideras a ti mismo. El ego se une a una ilusión de ti que tú compartes con él. Las ilusiones, no obstante, no pueden unirse. Son todas lo mismo, y no son nada. Su unión está basada en la nada, pues dos de ellas están tan desprovistas de sentido como una o mil. El ego no se une a nada, pues no es nada. Y la victoria que anhela está tan desprovista de sentido como él mismo.
4. Hermano, la guerra contra ti mismo está llegando a su fin. El final de la jornada se encuentra en el lugar de la paz. ¿No te gustaría aceptar la paz que allí se te ofrece? Este "enemigo" contra el que has luchado como si fuese un intruso a tu paz se transforma ahí, ante tus propios ojos, en el portador de tu paz. Tu "enemigo" era Dios Mismo, Quien no sabe de conflictos, victorias o ataques de ninguna clase. Su amor por ti es perfecto, absoluto y eterno. El Hijo de Dios en guerra contra su Creador es una condición tan ridícula como lo sería la naturaleza rugiéndole iracunda al viento, proclamando que él ya no forma parte de ella. ¿Cómo iba a poder la naturaleza decretar esto y hacer que fuese verdad? Del mismo modo, no es a ti a quien le corresponde decidir qué es lo que forma parte de ti y qué es lo que debe mantenerse aparte.
5. Esta guerra contra ti mismo se emprendió para enseñarle al Hijo de Dios que él no es quien realmente es, y que no es el Hijo de su Padre. A tal fin, debe borrar de su memoria el recuerdo de su Padre. En la vida corporal dicho recuerdo se olvida, y si piensas que eres un cuerpo, creerás haberlo olvidado. Mas la verdad nunca puede olvidarse de sí misma, y tú no has olvidado lo que eres. Sólo una extraña ilusión de ti mismo, un deseo de derrotar lo que eres, es lo que no se acuerda.
6. La guerra contra ti mismo no es más que una batalla entre dos ilusiones que luchan para diferenciarse la una de la otra, creyendo que la que triunfe será la verdadera. No existe conflicto alguno entre ellas y la verdad. Ni tampoco son ellas diferentes entre sí. Ninguna de las dos es verdad. Por lo tanto, no importa qué forma adopten. Lo que las engendró es una locura y no pueden sino seguir formando parte de ello. La locura no representa ninguna amenaza contra la realidad ni ejerce influencia alguna sobre ella. Las ilusiones no pueden vencer a la verdad ni suponer una amenaza para ella en absoluto. Y la realidad que niegan no forma parte de ellas.
7. Lo que tú recuerdas forma parte de ti. Pues no puedes sino ser tal como Dios te creó. La verdad no lucha contra las ilusiones ni las ilusiones luchan contra la verdad. Las ilusiones sólo luchan entre ellas. Al estar fragmentadas, fragmentan a su vez. Pero la verdad es indivisible y se encuentra mucho más allá de su limitado alcance. Recordarás lo que sabes cuando hayas comprendido que no puedes estar en conflicto. Una ilusión acerca de ti mismo puede luchar contra otra, mas la guerra entre dos ilusiones es un estado en el que nada ocurre. No hay ni vencedor ni victoria. Y la verdad se alza radiante, más allá del conflicto, intacta y serena en la paz de Dios.
8. Los conflictos sólo pueden tener lugar entre dos fuerzas. No pueden existir entre lo que es un poder y lo que no es nada. No hay nada que puedas atacar que no forme parte de ti. Y al atacarlo das lugar a dos ilusiones de ti mismo en conflicto ente sí. Y esto ocurre siempre que contemplas alguna creación de Dios de cualquier manera que no sea con amor. El conflicto es temible, pues es la cuna del temor. Mas lo que ha nacido de la nada no puede cobrar realidad mediante la pugna. ¿Por qué llenar tu mundo de conflictos contigo mismo? Deja que toda esa locura quede des-hecha y vuélvete en paz al recuerdo de Dios, el cual brilla aún en tu mente serena.
9. ¡Observa cómo desaparece el conflicto que existe entre las ilusiones cuando se lleva ante la verdad! Pues sólo parece real si lo ves como una guerra entre verdades conflictivas, en la que la vencedora es la más cierta, la más real y la que derrota a la ilusión. Así pues, el conflicto es la elección entre dos ilusiones, una a la que se coronará como real, y la otra que será derrotada y despreciada. En esta situación el Padre jamás podrá ser recordado. Sin embargo, no hay ilusión que pueda invadir Su hogar y alejarlo de lo que Él ama eternamente. Y lo que Él ama no pude sino estar eternamente sereno y en paz porque es Su hogar.
10. Tú, Su Hijo bien amado, no eres una ilusión, puesto que eres tan real y tan santo como Él. La quietud de tu certeza acerca de Él y de ti mismo es el hogar de Ambos, donde moráis como uno solo y no como entes separados. Abre la puerta de Su santísimo hogar y deja que el perdón elimine todo vestigio de la creencia en el pecado, la cual priva a Dios de Su hogar y a Su Hijo con Él. No eres un extraño en la casa de Dios. Dale la bienvenida a tu hermano al hogar donde Dios Mismo lo ubicó en serenidad y en paz, y donde mora con él. Las ilusiones no tienen cabida allí donde mora el amor, pues éste te protege de todo lo que no es verdad. Moras en una paz tan ilimitada como la de Aquel que la creó, y a aquellos que quieren recordarlo a Él se les da todo. El Espíritu Santo vela Su hogar, seguro de que la paz de éste jamás se puede perturbar.
11. ¿Cómo iba a ser posible que el santuario de Dios se volviese contra sí mismo y tratase de subyugar al que allí mora? Piensa en lo que ocurre cuando la morada de Dios se percibe a sí misma como dividida: el altar desaparece, la luz se vuelve tenue y el templo del Santísimo se convierte en la morada del pecado. Y todo se olvida, salvo las ilusiones. Las ilusiones pueden estar en conflicto porque sus formas son diferentes. Y batallan únicamente para establecer qué forma es real.
12. Las ilusiones encuentran ilusiones; la verdad se encuentra a sí misma. El encuentro de las ilusiones conduce a la guerra. Mas la paz se extiende a sí misma al contemplarse a sí misma. La guerra es la condición en la que el miedo nace, crece e intenta dominarlo todo. La paz es el estado donde mora el amor y donde busca compartirse a sí mismo. La paz y el conflicto son opuestos. Allí donde uno mora, el otro no puede estar; donde uno de ellos va, el otro desaparece. Así es como el recuerdo de Dios queda nublado en las mentes que se ha convertido en el campo de batalla de las ilusiones. Mas Su recuerdo brilla, muy por encima de esta guerra insensata listo para ser recordado cuando te pongas de parte de la paz.
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